domingo, 17 mayo, 2026
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En Tucumán hablamos quichua: una herencia lingüística que desafía prejuicios

Lejos de ser «los peor hablados del país», los tucumanos incorporamos a diario palabras y estructuras del quichua, una lengua originaria que nos conecta con nuestra historia y nuestra identidad.

¿Los tucumanos hablamos “mal”? ¿Por qué tenemos tantos regionalismos? ¿Somos bilingües sin darnos cuenta? Hoy te contamos cuánto de quichua hay en nuestro lenguaje y cuánto de aquello que muchas veces se desprecia tiene una raíz profundamente anclada en este territorio.

“Chango, cuidamélo al mishi, me voy un ratito con las chinitas”. El quichua está presente en la cotidianidad tucumana. Es innegable la cantidad de veces al día en que, además de hablar en quichua, pensamos en quichua, muchas veces sin advertirlo.

El lenguaje no solo sirve para nombrar el mundo: también organiza nuestra manera de percibirlo. El lingüista y filósofo Walter Ong sostenía que la palabra moldea la conciencia. Pensar eso desde Tucumán obliga a una pregunta: ¿qué dice de nosotros el hecho de hablar —sin advertirlo— una lengua heredada de nuestros pueblos originarios? Aunque en los espacios académicos solemos leer y releer sobre oralidad y escritura, todavía tenemos una deuda pendiente: aplicar esas ideas a nuestro propio lenguaje, a nuestros regionalismos, a nuestra tucumanidad.

El quichua es una variante regional del quechua en esta zona del mundo. El quechua es la lengua originaria más hablada del continente. “Son 10 millones los hablantes, desde el sur de Santiago del Estero hasta Colombia”, explica Héctor Andreani, antropólogo y docente de la Licenciatura en Educación Intercultural de la UNSE.

¿Qué tanto quichua hablamos en Tucumán? Basta con hojear el Diccionario Quichua-Castellano, que edita Edunse, para caer en la cuenta de la enorme cantidad de palabras que tenemos incorporadas: mishi, pupo, ñata, mañoso, willy, usha, pingo, ura, pupulo, ocote. La lista podría seguir durante páginas enteras.

Sin embargo, la autocrítica frente al espejo lingüístico suele ser brutal. Con frecuencia escuchamos a tucumanos criticar a sus coterráneos por su forma de expresarse. Incluso avergonzarse y aclarar: “Yo soy tucumana, pero no hablo así; no todos somos gauchos y mal hablados”. Lo paradójico es que quienes dicen eso quizá no usen todas esas palabras, pero las entienden perfectamente.

Andrés Stisman, a cargo de la cátedra de Filosofía del Lenguaje de la UNT, reflexiona sobre el sentido peyorativo que suele aparecer cuando se habla de los regionalismos tucumanos: “Los tucumanos tenemos un sello propio en nuestra manera de hablar español: el vocabulario, la entonación y la aspiración de las ‘s’. Esta forma de habla no es ni mejor ni peor que otras; constituye una manifestación más de la pluralidad lingüística. El desprecio que algunas personas expresan hacia nuestra forma de hablar es una manifestación de la histórica hegemonía cultural del centro sobre la periferia”.

¿Por qué hay tanto quichua en Tucumán? Héctor Andreani lo explica a partir de la herencia colonial y de la migración golondrina: “En Tucumán hay dos corrientes del quechua: una colonial, que desaparece a fines del siglo XIX; y luego un reingreso del quichua santiagueño, producto de los trabajadores de Santiago que llegaban con sus familias a las zafras”.

Así fue como Santiago del Estero aportó miles de familias enteras de obreros que vivían en nuestra provincia varios meses al año, trabajando para los casi treinta ingenios que llegó a tener Tucumán. Con el Operativo Tucumán y el cierre de once ingenios entre 1966 y 1968, el panorama social, económico y geográfico se volvió desolador. Miles se fueron; otros miles se quedaron, y su aporte a la tucumanidad ya estaba hecho: el quichua santiagueño se había instalado.

Ante esta deuda histórica con nuestro propio autoconocimiento, Andreani plantea que el lugar clave para reconciliar historia, lengua e identidad deben ser las aulas. “Tenemos una Ley de Educación promulgada en 2006. Allí se reconoce la Educación Intercultural Bilingüe (EIB). El problema en el norte, en Tucumán y Santiago, es que el quichua se naturalizó tanto como parte de nuestra habla cotidiana que nadie reclama que forme parte del sistema educativo”.

“Pongamos un ejemplo. Si yo te digo ‘habías sabido querer estar bailando’, la Academia Argentina de Letras se muere… ¡cinco verbos juntos en cinco palabras! Pero en el quichua esto es posible. Lo mismo ocurre cuando escuchamos algo como ‘compramélo un kilo de pan’. Nadie se pregunta cómo es posible que hablemos así aquí. Y es porque en quichua existe un sufijo que representa al objeto y al destinatario. Podría dar millones de ejemplos, pero para eso es necesario formalizar esta enseñanza, conocer las reglas del quichua y dejar de decir que ‘hablamos mal’”.

Finalmente, Andreani reafirma por qué es necesario que la docencia y la política se comprometan con la enseñanza del quichua: “Sirve para conocernos un poco más como población, como territorio, como historia. La lengua es una ventana. El estudio serio, el científico, muchas veces sostienen una mirada absolutamente contraria a las lenguas del territorio. Con esas miradas no se pueden hacer políticas educativas”.

No hablamos mal. Hablamos con memoria.

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