lunes, 31 marzo, 2025
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El intruso en el chat de guerra y qué nos dice sobre el método Trump

¿A quién no le ha pasado? Apretar “enviar” a un mensaje a todo un grupo de WhatsApp en vez de a un amigo, poner “reply” al propio jefe en vez de reenviar a un compañero de trabajo, o compartir una foto con la persona equivocada.

Nadie está a salvo de traspiés de ese tipo en la frenética era digital y de redes sociales. Pero lo que le sucedió la semana pasada a Jeff Goldberg, de The Atlantic, cuando fue sumado por equivocación (o desidia) a un chat encriptado en Signal en el que los altos mandos militares discutieron los planes para atacar a los hutíes en Yemen, supera todo lo imaginable. Más que una comedia de enredos, material invaluable para guionistas de Netflix.

Donald Trump habla con los periodistas en los jardines de la Casa Blanca (Demetrius Freeman/The Washington Post via Getty Images)The Washington Post – The Washington Post

“Ustedes son los medios ahora”, tuiteó Elon Musk el año pasado, el día después del triunfo de Donald Trump, uno de los líderes que más ha hecho una marca de la ofensiva contra los medios tradicionales. La repercusión de ese mensaje fue gigantesca: 107 millones de vistas y más de 1,2 millones de likes hasta enero. Pero Musk fue más allá: “El periodismo está muerto. Por eso, X es el futuro’’.

Musk solo estaba siguiendo a la perfección el manual de Trump, que ayer simplemente se dedicó a descalificar a Goldberg y a The Atlantic (que tiene 1,2 millones de suscriptores) en lugar de admitir el bochornoso episodio. Negar, desmentir, descalificar al periodista. Un manual que están adaptando cada vez más aspirantes a autócratas en todo el mundo, envalentonados por el paraguas de un Trump sin frenos en la Casa Blanca. ¿El objetivo? Sacar del medio, o desprestigiar, a los medios tradicionales para privilegiar a influencers, periodistas afines y a todo tipo de comunicación en redes sociales. Un mundo en el que muchas veces se diluyen las líneas entre la verdad y la mentira.

La sala de prensa de la Casa Blanca en la era Trump es hoy un lugar muy distinto. Las reglas son otras: más de 11.000 influencers y creadores de contenido han aplicado para ser acreditados como parte de lo que el gobierno califica como “las nuevas voces de los medios”. Además, después de varias décadas, la célebre Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca fue desplazada y es el propio gobierno el que elige qué periodistas tienen el derecho a hacer preguntas. A varios de los medios tradicionales, entre ellos la decana de las agencias de noticias, The Associated Press (AP), fundada en 1846, se les ha bloqueado el ingreso por hacer preguntas incómodas o –en el caso de AP– por negarse a usar el nuevo nombre que impuso Trump para el Golfo de México. Las palabras son armas, y en esa guerra Trump no tiene reparos.

Es verdad que el presidente ha respondido a muchas más preguntas de la prensa que sus antecesores (más de 1000 en su primer mes, siete veces la cantidad de Joe Biden). El problema no es cuántas preguntas responde, sino quiénes las hacen y qué preguntan. La Casa Blanca quiere fans en la sala de prensa y no periodistas. Un ejemplo emblemático fue el del pintoresco Brian Glenn, corresponsal de Real America’s Voice, un canal de streaming que ha difundido desinformación y teorías conspirativas. En el mismísimo Salón Oval, Glenn toreó a Volodimir Zelensky durante la increíble discusión entre ambos líderes: lo cuestionó por no usar un traje, es decir, saco y corbata, en vez del uniforme de fajina que viste sin excepción desde hace tres años, cuando su país fue invadido.

El consejero de Seguridad Nacional, Mike Waltz, fue quien sumó al editor de The Atlantic al chat sobre los planes de guerra en Yemen (AP Photo/Alex Brandon)Alex Brandon� – AP�

Jeff Goldberg, el “intruso” en el chat de máxima seguridad sobre Yemen, siguió las reglas básicas que rigen a cualquier medio de prensa confiable: chequeo de información y máxima responsabilidad a la hora de definir cuándo y qué publicar. “Abandonó” el grupo una vez que confirmó que lo que se estaba compartiendo allí eran verdaderos planes de ataque en Yemen. Y en el momento de publicar su columna, después de consultar al propio Pentágono sobre si el diálogo era real, evitó difundir detalles que podrían haber puesto en riesgo la vida de decenas de personas involucradas.

¿Qué hubiese sucedido con esa información en manos de gente menos experimentada, influencers, tuiteros, hackers o incluso –más grave aún– manos enemigas?

“Este tipo de fallas de seguridad son las que hacen que muera gente”, dijo Chuck Schumer, líder demócrata en el Senado, en X. “Así es como nuestros enemigos toman ventaja y nuestra seguridad nacional termina en peligro”.

Más allá de una ventana increíble a cómo funciona en tiempo real el proceso de toma de decisiones dentro de las más altas esferas (los chats hasta incluyen emojis), el “Signalgate” es revelador desde varios aspectos. Uno de ellos es el nivel de improvisación y chapucería del flamante gobierno, con su consecuente peligro para la seguridad nacional: hace un mes, el Pentágono ya había advertido sobre los peligros de usar Signal por su vulnerabilidad a los hackers. Otro es la nueva mancha –una más– en las relaciones con Europa. Por si tenían alguna duda, los aliados de Estados Unidos ya vieron en letras mayúsculas lo que la Casa Blanca y el Pentágono piensan de ellos: “SON PATÉTICOS”, escribió el secretario de Defensa, Pete Hegseth.

Donald Trump junto al secretario de Defensa, Pete Hegseth (Annabelle Gordon/AFP)ANNABELLE GORDON� – AFP�

El escándalo siguió a otra bomba revelada el viernes por The New York Times, que obligó a un golpe de timón: el Pentágono tenía previsto informar a Elon Musk sobre los planes para una eventual guerra con China, un flagrante conflicto de interés con el hombre más rico del mundo y sus relaciones comerciales con Pekín.

“El que salva a su país no viola ninguna ley”, dijo Trump en febrero en su red social, Truth Social. Esa temeraria frase, que algunos atribuyen a Napoleón, puede ser considerada la matrix de su segundo mandato, que en poco más de 70 días ha dejado a Estados Unidos a las puertas de una crisis constitucional. Y, en paralelo, envalentonando a autócratas en todo el mundo. Solo falta ver lo que está sucediendo en Turquía, donde fue arrestado el alcalde opositor y principal rival en las urnas del presidente Recep Tayyip Erdogan.

Peter Baker, veterano periodista de The New York Times y que esta semana, una vez más, fue blanco de la furia de Trump en X, afirmó: “Habiendo sido corresponsal en Moscú, todo esto me recuerda a cómo el Kremlin tomó control de su sala de prensa y se aseguró de que solo tuvieran acceso los periodistas amigos. El mensaje es claro: todos podemos ser expulsados si no les gustan nuestras preguntas o nuestros artículos”. Nuevamente, fans y amigos, y no periodistas que preguntan y cuestionan. O, como afirmó hace un tiempo el controvertido líder húngaro Viktor Orban: “El camino al poder es tener sus propios medios de prensa”.

En un hecho muy inusual, un total de 27 organizaciones internacionales instaron la semana pasada a Estados Unidos a proteger la libertad de prensa y garantizar la seguridad de los periodistas. El comunicado vino tras la nueva embestida de Trump sobre los medios, esta vez contra la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales, la empresa madre de Voice of America (VOA), que desde hace más de 80 años ofrecía cobertura a países de todo el mundo, muchos de ellos bajo regímenes autoritarios como China, Corea del Norte, Rusia y Cuba. Tras la decisión, Trump fue calificado por el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) como una “amenaza existencial” para los medios. “Como hicieron con la agencia AP, la ofensiva contra Voice of America busca crear ejemplos visibles para marcar el tono de las coberturas de prensa. Acciones como éstas crean una cultura de pensamiento uniforme en la que los periodistas no se sienten libres de desafiar el status quo”, afirmó a LA NACION Katherine Jacobsen, coordinadora del CPJ.

Cada uno se puede preguntar qué hubiese hecho de haber estado en los zapatos de Jeff Goldberg, viendo en tiempo real cómo se planificaba y ejecutaba una ofensiva militar ultrasecreta. ¿Avisar del error? ¿Quedarse varias semanas más, en secreto? ¿Publicar la columna y arriesgarse a enfrentar la ira de Trump, que ya ha amenazado con encarcelar a los periodistas que publiquen información filtrada? Son todos interrogantes que recorren en este momento los círculos de poder y de los medios en Estados Unidos. Mientras tanto, la descripción del humorista Jon Stewart, anteanoche, en The Daily Show, tal vez sea una de las más elocuentes del impacto que ha tenido el escándalo: “Antes, si uno era periodista y quería que le filtraran documentos de guerra tenía que trabajar con las fuentes, reunirse durante varios meses en oscuros garages, convencerlos de todas las formas posibles. ¿Ahora? Uno solo tiene que esperar a que el consejero de Seguridad Nacional se distraiga viendo The White Lotus cuando arma su grupo de chat llamado ‘Bombardeo a Yemen’”.

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