viernes, 12 abril, 2024
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Muerte, música y palabras

El 2 de abril de 1982 es una fecha que ha dejado una marca imborrable en los adultos que vivimos ese día. Para una parte importante e irreflexiva –diría, mayoritaria–, de los argentinos, el desembarco de la Marina en Las Malvinas produjo no sólo una sorpresa mayúscula sino también un estallido de euforia; otros consideraron ese acontecimiento, desde el primer momento, como una aventura temeraria de consecuencias trágicas y, además, imprevisibles.

Hoy, conmemoración dolorosa, elijo quedarme en mi casa trabajando en algo relacionado de algún modo con la memoria, pero no con la Argentina y su trágica historia: una exposición sobre la novela El gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, y lo que significó para uno de sus discípulos privados sicilianos, Francesco Orlando (1933-2010), que se convertiría en un eminente crítico literario, docente universitario, teórico, ensayista y, como su maestro, novelista de una sola novela, La doble seducción. Orlando fue un personaje fascinante, extremadamente inteligente y tímido. Sin embargo, en charla con sus alumnos, devenidos amigos, alcanzaba una notable y fluidez de comunicación.

Leer es también una aventura temeraria de destino imprevisible, en especial cuando se lee con fines de investigación y análisis. En el libro de evocación Per Francesco Orlando. Testimonianze e Ricordi, compilado por Davide Ragone, encontré una referencia a la suprema admiración del homenajeado por Wagner, que se extendía como un eco a Richard Strauss (1864-1948). Orlando llegaba a afirmar que La valquiria era la cosa más bella del mundo. Un mes antes morir, dio una conferencia en Perugia precisamente sobre las Cuatro últimas canciones para soprano y orquesta, de Strauss. Los textos de tres de ellas son de Herman Hesse y el de la cuarta, “En el crepúsculo”, de Joseph von Eichendorff (1788-1857). Strauss las compuso en 1948, quince meses antes de su fallecimiento; no llegó a escucharlas en concierto: se estrenaron el 22 de mayo de 1950, en Londres. Las cantó por primera vez la soprano noruega Kirsten Flagstad. Orlando veía en las palabras y la música de esa canción la expresión artística de un sentimiento de “rara serenidad laica frente a la muerte”. Para referirse a ella en su disertación, la tradujo bellamente. Sólo puedo ofrecer al lector mi rústica traducción literal de la refinada versión italiana.

Caminamos entre pena y alegría / la mano en la mano / ahora descansamos / sobre la tierra silenciosa. / Alrededor los valles se inclinan, / ya oscurece, / sólo dos alondras se elevan / en el perfume / aún en un ensueño. / Acércate, déjalas trinar / pronto será hora de dormir, / no nos perdamos / en esta soledad. / Oh, vasta paz silenciosa, / tan profunda en el rojo crepúsculo. / Qué cansancio después del camino… / Es esto quizá la muerte?

Sin quererlo, el destino o el azar, encarnado en el trabajo, me hizo escuchar y leer, precisamente hoy. obras nacidas de la reflexión sobre la muerte, sublimada en la belleza de la música y las palabras. Los autores de esas obras las crearon cuando sus propias muertes estaban en el horizonte. La de Orlando fue repentina, pero también en la madurez.

Tanto “Abendrot” y el resto de las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss como la única novela, La doble seducción, y el ensayo sobre Strauss de Francesco Orlando, fueron obras del final de sus vidas. Son ejemplos de lo que observó Edward Said en su ensayo Sobre el estilo tardío: el cambio profundo que aparece en el estilo y el rumbo de ciertos artistas cuando avizoran la propia muerte en el horizonte. Beethoven en sus últimos cuartetos.

Si las futuras celebraciones de esta fecha se vivieran en serenidad… comunitaria.

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