lunes, 26 febrero, 2024
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Cielo encapotado y suelo encharcado

Asomarte por el cristal, ver el cielo encapotado y el suelo encharcado, sacar el brazo y mojarte las manos con gotas de lluvia es como volver a la infancia, a aquel tiempo sin sequías en el que la vida era un torrente de emociones en el que el planeta se comportaba con la naturalidad de veranos secos con albercas o piscinas, otoños de hojas caídas, inviernos de agua y frío y primaveras de cielos con lunas y estrellas. Lo que era el mundo. Cuando San Rafael llenaba las encinas de fuego, sartenes y peroles y los campos eran un espacio sin límites donde corríamos detrás de los lagartos. Cuando con el toque de oración nos recogíamos, cenábamos y rezábamos un “Jesusito de mi vida” antes de acostarnos. Cuando la Historia Sagrada todavía sólo estaba en los libros y no se veían telediarios en los que las familias de Gaza caminaban desesperadamente por espacios bombardeados en busca de la vida, que podía estar por Egipto y Jordania. Lo dijo la cajera de un supermercado Piedra: “¡Cómo está el mundo! Puede pasar todo. A mi edad todavía no he visto guerras, pero me da la sensación de que pueden llegar. Nos ponen una bomba atómica y nos despedimos del mundo, que está algo extraviado”.

En Ucrania, Europa se pelea todos los días, se levanta con ruido de bombas y se tiende para descansar con un estruendo que espanta todos los silencios. Israel y Palestina, la tierra prometida, donde nació Jesucristo, se ha convertido en un conflicto entre las tres religiones monoteístas –cristianos, musulmanes y judíos—de las que, parece, se ha marchado Dios que ha dejado a los humanos en una soledad desamparada donde se dedican a poner bombas. Desde la otra orilla del Mar Muerto, en un hotel de Jordania –país donde se levanta Petra, un enclave arqueológico capital del antiguo reino nabateo–, parpadean las escasas luces de espacios tan históricos como Nazareth, Jerusalén, Jericó, Belén o Tel Aviv, una ciudad más parecida a Málaga y Torremolinos, aunque con habitaciones pertrechadas contra las bombas, que a la parte de una contienda tan inútil e irresoluble como un pensamiento vacío del ser humano. O como esa diferencia de estilos de vivir como los de las familias, aunque tengan educación superior, en riesgo de pobreza, que son muchas y que cuando se despiertan vuelven a darse cuenta de que su mundo, aunque no sea tan cruel como el de los palestinos muertos en un hospital de Gaza, se acerca bastante.

Menos mal, piensan, que a pesar de todo en Córdoba, por San Rafael, llegan las primeras lluvias después de que Flora haya sembrado la belleza en espacios urbanos y haya cruzado el Guadalquivir para instalar en el C3A –esa especie de isla urbana donde se asienta la memoria del arrabal de Saqunda, del que fueron expulsados más de cien mil cordobeses que se fueron a Creta en el siglo IX y fundaron un emirato andalusí—“una visión poética de la vida contemporánea ligada a la tierra y al saber espiritual”. Un tiempo este de tantos momentos informativos desgraciados, al que se suma el de la muerte del chaval deportista Álvaro Prieto, pero que también anota momentos de otro tipo de historias, como la del corte de su oreja como torero de Manuel Díaz El Cordobés por su padre, Manuel Benítez, o el compromiso del chef Joan Roca como embajador de la gastronomía cordobesa que, por lo menos, va recabando fama. Aunque uno de nuestros viajeros más cosmopolitas –nació en Córdoba–, Gervasio Sánchez, denuncie públicamente que muchos políticos permiten “el mercadeo de la muerte en forma de armas”.  Esperemos que el Zoco Municipal, ese espacio de estrechez florida de la Judería, mantenga esa íntima conexión con Córdoba, una ciudad con la que ha conectado vestida de rosa la artista británica Harriet Parry. Lo cierto es que detrás del cristal el agua sigue cayendo porque en Córdoba estamos en Flora y en las vísperas de San Rafael, tiempo en el que siempre empieza a llover. Por octubre.

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