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Ze Arigó, el manosanta brasilero que entraba en trance y operaba con cuchillos sucios a 200 personas por día

La reputación de José Pedro de Freitas como sanador se extendió rápido en su país natal y la demanda creció dramáticamente en Hispanoamérica en la década de los años 50 y 60. El médico psíquico realizaba las cirugías poseído, supuestamente, por el espíritu del doctor Adolf Fritz.

Ricardo Canaletti

21 de septiembre 2023, 05:30hs

Zé Arigó

Zé Arigó

Había unos veinte periodistas alrededor del “cirujano” y su paciente. Algunos tuvieron una fea sensación en el estómago y otros algo parecido al vértigo de las alturas, pero no estaban en la cima de nada sino en presencia de una insólita “curación” de una dolencia ocular. El hombre con el cuchillo en la mano, que era uno de cocina sin esterilizar, así nomás, tomado del cajón de los cubiertos, sin limpiar, que vestía una camisa a rayas, dijo, en un difícil portugués: “Esto es lo que yo llamo examen de ojo a punta de cuchillo”. Lo decía en serio. No podía ser. No había aplicado anestesia alguna.

Entonces hizo girar el cuchillo de un lado a otro del ojo. Un ayudante le había estirado el párpado superior y el inferior impidiendo que el paciente pestañaras. El pobre ojo, por el procedimiento o por el miedo de su dueño de ver semejante filo a escasos milímetros, pareció salirse desmesuradamente. O una de dos, o el globo ocular estaba por salirse de su órbita por mano del “cirujano” o el paciente estaba tan aterrado que su ojo iban a salir proyectado. De golpe el “cirujano” volvió a hablar: “Y aquí tenemos el pequeño tumor que estaba haciendo que esta mujer perdiera la visión de su ojo derecho”. Tenía en su mano un diminuto nódulo de color blanquecino que decía que acababa de retirar del ojo. Había finalizado una de las milagrosas “intervenciones quirúrgicas” sin más que sus manos o, a lo sumo, como en este caso, un cuchillo sucio, del famosísimo Zé Arigó.

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Medium, médico espiritual, médico psíquico, manosanta, charlatán, curandero, estafador, espiritista, delincuente, salvador, Zé Arigó no había terminado la escuela primaria y con los años se levantó de la pobreza y se convirtió en el milagrero de tal fama que trascendió Brasil, su país natal. Todo lo que se ha dicho de Arigó es improbable, absurdo, hasta ridículo, pero las anécdotas a su alrededor de curas imposibles y de un espíritu guía que lo había elegido para darle salud al mundo, construyeron una leyenda que se extendió con fuerza por Hispanoamérica en la década de los años 50 y 60.

Zé Arigó fue el seudónimo de José Pedro de Freitas.

Zé Arigó fue el seudónimo de José Pedro de Freitas.

Quién era Zé Arigó, el “médico” que realizaba las “cirugías” poseído por el espíritu del doctor Adolf Fritz

Zé Arigó significa simple paisano. Fue el seudónimo de José Pedro de Freitas. Había nacido el 18 de octubre de 1922 en una familia de agricultores que vivían a seis kilómetros de la ciudad minera de Congonha, en el estado de Minas Gerais, Brasil. Fue uno de los ocho hijos del matrimonio Antônio de Freitas Sobrinho y María Andrés de Freitas. Dejó de ir a la escuela en el tercer año de la primaria para ayudar a sus padres en el campo. En su adolescencia se dirigió a la ciudad y trabajó en un bar. Luego se empleó como minero, trabajo que desempeñó durante seis años. Por esa época adquirió el apodo con el que sería conocido. Su escasa instrucción y sus formas toscas y vulgares le dieron el sobrenombre de Arigó, un término del argot que significa chico ingenuo, tonto o de campo.

No era un tipo antipático ni torvo, al contrario. Se preocupaba por agradar a sus relaciones y a los desconocidos, especialmente a sus compañeros de trabajo. Se interesó por el sindicalismo y por ayudar a los desamparados. Obtuvo un puesto de empleado en la agencia pública de pensiones, puesto que mantendría hasta su jubilación.

En 1942, a los 25 años, se casó con su prima Arlete Soares, con quien tuvo seis hijos. Hacia 1950, Zé Arigó comenzó a quejarse de dolores de cabeza visiones de un fuerte rayo de luz, seguido de pesadillas. En sus sueños escuchaba una voz ronca que hablaba un idioma que no entendía, hasta que una noche sus sentidos captaron las cosas con claridad: se encontraba en un quirófano, entre médicos y enfermeras, reunidos alrededor de un paciente que iba a ser operado por un hombre robusto y calvo con voz áspera y de hablar extranjero. Ese sueño se repitió varias noches hasta que ese personaje misterioso, fantasmagórico, se presentó a Zé Arigó con el nombre de doctor Adolph Fritz. Le dijo que era el espíritu de un médico alemán y que había muerto en la Primera Guerra Mundial sin completar su trabajo de sanación en la Tierra. Arigó se enteró entonces que había sido elegido para ser el médium que completaría su obra. Era extraño que el “Dr. Adolf” eligiera a un campesino analfabeto, barman, minero, sindicalista y empleado de pensiones para la labor médica. Como sea, la existencia del tal Fritz es una incógnita, un ente incorpóreo cuya existencia real ha sido incomprobable, acaso una fantasía.

Desde ese momento Zé Arigó creyó sin dudar en la reencarnación, aunque el Dr. Fritz no se reencarnaría en él sino que, una vez Zé Arigó estuviese en trance, su ser sería ocupado por el alemán; sería el vehículo para que el muerto hiciera curaciones sobre vivos. El nuevo oficio de Arigó era entonces el de sanar a los enfermos y afligidos. Cuando despertó bruscamente de su sueño, muy asustado, Arigó saltó de la cama y corrió desnudo a la calle, gritando incoherencias. Familiares y vecinos lo llevaron de regreso a su casa, mientras lloraba moco tendido.

Zé Arigó, el “cirujano espiritual” solía atender entre 100 y 200 personas en un día.

Zé Arigó, el “cirujano espiritual” solía atender entre 100 y 200 personas en un día.

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Era un sueño o era realidad, se preguntaba Ze Arigó. Para averiguarlo decidió hacer una prueba determinante. Como casi todo en la vida de Arigó, de aquí en adelante, los acontecimientos oscilan entre la ficción y la realidad, entran y salen de la fábula. Se cuenta que decidió hacer una prueba y puesto en trance se acercó a un hombre que conocía y que por una dolencia que jamás se supo cuál era, debía andar con muletas. Arigó se le acercó y aseguran que le arrebató las muletas y le ordenó que caminara y el hombre caminó…

Obedeciendo las instrucciones del médico invisible, Arigó comenzó a utilizar la navaja, un cuchillo de cocina muchas veces oxidado, tijeras de cortar telas. Ninguno de ellos fue jamás esterilizado. Su reputación como sanador se extendió rápido y la demanda creció dramáticamente. No pasó mucho tiempo antes de que abriera una oficina en Congonhas para atender a las personas desesperadas que pedían ayuda a él. También recetaba medicamentos. Se establecieron líneas de ómnibus que traían enfermos de todas partes, de Paraguay, de la Argentina, en fin, Zé Arigó tuvo una trascendencia inusitada.

Zé Arigó extraía tumores benignos y malignos alojados en cualquier parte del cuerpo. Si era necesario “abría” el vientre, hacía cortes en la espalda por afecciones graves en los pulmones y operaba cataratas en los ojos. Decía que entraba en trance e incorporaba al “doctor Fritz”, que utilizaba a su cuerpo como medio para efectuar las “operaciones”. Nunca se debió enfrentar a una infección a causa de sus intervenciones, que no duraban más de treinta segundos, cualquiera sea la complejidad de la intervención que emprendía. Con destreza, habilidad para los pases de magia más la necesidad del enfermo de creer y la enorme publicidad que lo rodeaba, era obvio que las cosas ocurrían sin inconvenientes porque en realidad no operaba.

Acerca de la cuestión esencial de la asepsia y la anestesia, Zé Arigó aseguraba que, según aprendió del “doctor Fritz”, tanto la esterilización, la higiene como la anestesia estaban aseguradas por el fraile franciscano Fabiano de Cristo (un religioso con fama de santidad que vivió en el siglo XVII en Río de Janeiro), y por el descenso desde lo más alto de un chorro de luz verde que, sostenía, impregnaba el ambiente en el momento propicio y producía asepsia general y anestesia del paciente al mismo tiempo. Con demasiada luz verde, se producía anestesia general. Acerca de las heridas de la “intervención quirúrgica”, casi no sangraban, no hacían falta suturas y curaban solas.

¿Es posible que tantos no pusieran en duda a Zé Arigó y sus prácticas? Decenas de miles o cientos de miles a lo largo de muchos años lo creyeron sin decir una palabra, movidos por la desesperación de la que el exminero se aprovechaba.

Personas enfermas atraídas por la fuerza publicitaria, gastaron sus ahorros o, quienes podían, grandes fortunas para ser atendidos por en Congonhas Do Campo. Se calcula que alrededor de trescientas personas esperaban para verlo y el “cirujano espiritual” solía atender entre 100 y 200 en un día. Zé Arigó permanecía sentado detrás de una pequeña mesa rústica y solamente preguntaba el nombre, la edad y donde vivía el visitante. Era entonces que el paciente comenzaba a hablar de su enfermedad, pero el médium lo interrumpía y le decía: “No hace falta que digas nada, ya lo sé todo”. Con ese rápido vistazo y esas pocas preguntas establecía el diagnóstico y fijaba el tratamiento. Mojaba una pluma en el tintero y escribía la receta. Otras, dictaba las recetas que sus asistentes mecanografiaban.

El gran aparato publicitario que supo construir hizo creer al público que Arigó había curado a la hija del presidente brasileño Juscelino Kubitschek de una enfermedad de la columna vertebral, cuando en realidad se operó en Houston, Texas. El mismo Zé Arigó padeció de aortitis (inflamación de la pared aórtica), sufrió un infarto y tuvieron que llevarlo urgentemente al hospital. El padre de Arigó que sufría de úlcera de duodeno tampoco se sometió a las prácticas curativas de su hijo sino que fue atendido por médicos auténticos.

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Siete meses de prisión, un accidente fatal y su fortuna dentro del banco

Por sus actividades, Zé Arigó fue acusado varias veces de ejercicio ilegal de la medicina. En 1956 el Colegio Médico de Minas Gerais le imputó directamente practicar la brujería. Dos años después fue condenado a quince meses de prisión pero esa pena fue reducida a la mitad y luego anulada por errores de procedimiento aunque sus seguidores afirmaron que el gobierno de Brasil no podía condenar a un hombre que hacía el bien. En 1964 otra vez fue acusado y arrestado durante siete meses. Al salir en libertad, una multitud lo llevó en andas hasta el estadio de fútbol Maracaná, donde lo esperaban alrededor de cinco mil personas para escucharlo disertar.

Por sus actividades, Zé Arigó fue acusado varias veces de ejercicio ilegal de la medicina.

Por sus actividades, Zé Arigó fue acusado varias veces de ejercicio ilegal de la medicina.

El espíritu del “doctor Fritz” había hallado un ser acogedor en Zé Arigó. Había llegado la hora de que el exminero concluyera su tarea en este mundo. Es posible imaginar que Arigó no estaba al tanto ello ni tuvo sueños premonitorios sobre su propio final. El 11 de enero de 1971, cuando regresaba a Congonhas conduciendo bajo una intensa lluvia, al cruzar la carretera BR-040, en el tramo entre Congonhas y Conselheiro Lafaiete, perdió el control de su automóvil, se cruzó de mano y chocó de frente con un camión. Los golpes en la cabeza fueron fatales.

Habría dejado una fortuna de 2.325.000 cruzeiros (la moneda vigente en Brasil en aquél entonces) en depósitos bancarios y acciones, según el inventario entregado a la justicia de Congonhas y publicado por el diario Folha da Tarde el 25 de marzo de 1971. El mayor hotel de la ciudad estaba a nombre de su hermano Walter, la farmacia San José, frente al centro espiritual, era de su cuñado Betinho, y la segunda farmacia en importancia de la ciudad pertenecía también a su familia. A estos lugares Zé Arigó enviaba a sus pacientes a comprar los medicaciones que él mismo recetaba. También estaba a nombre de la familia Freitas el negocio de souvenires y otras propiedades de Congonhas, un patrimonio que quedó de manifiesto cuando Ze dejó de curar.

¿Y los pacientes, y las operaciones de cataratas, los tumores extirpados? Nunca se llevó un registro de las muertes producidas por las “magias” de Zé Arigó como resultado del abandono de tratamientos médicos o la falta de uno en la creencia de que la intervención de este hombre era salvadora.

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