lunes, 15 julio, 2024
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El Festival Argerich tuvo una dimensión autobiográfica conmovedora

Es difícil no tentarse y vincular el cuarto concierto del Festival Argerich con una dimensión autobiográfica relacionada con su anfitriona.

El contenido del programa es contrastante y más que sugerente: la primera parte estuvo relacionado con la mortalidad, la fragilidad de la existencia, y la transformación, en las obras de Giya Kancheli y Richard Strauss.

Y en la segunda, la conexión entre la vitalidad arrolladora del Concierto nº1 para piano y trompeta de Shostakovich y la inmediatez de la vida tuvo un efecto de renacimiento si se tiene en cuenta lo que sucedió con la salud de Argerich.

La anfitriona al piano, en una noche en la que también echó mano al humor. Foto: PRENSA TEATRO COLON / ARNALDO COLOMBAROLI

La anfitriona al piano, en una noche en la que también echó mano al humor. Foto: PRENSA TEATRO COLON / ARNALDO COLOMBAROLI

En diciembre del año pasado la pianista tuvo que alejarse de los escenarios a los 81 años debido a una deficiencia cardíaca. En enero de este año fue intervenida y en menos de un mes estaba tocando nuevamente. Ahora, a sus 82 años, como el ave fénix, la leyenda del piano vino de nuevo a Buenos Aires con su chispa intacta.

Twilight (Crepúsculo), una preciosa obra que el compositor georgiano Giya Kancheli escribió en 2004, para dos violines, orquesta de cámara y sintetizador, abrió el concierto. El compositor, como él mismo escribió en las notas de programa que acompañó el estreno, la compuso cuando se recuperaba de una enfermedad. Desde su ventana en Amberes veía las hojas y ramas de los álamos cambiando de aspecto según la estación, y lo tomó como una metáfora del cambio y la transformación.

La conmovedora meditación sobre la mortalidad no podría haber tenido mejores intérpretes que Gidon Kremer y Madara Pētersone . Él vestido de blanco, ella de negro, una sutil metáfora de la presencia y ausencia.

Las frágiles líneas de los dos solistas, a la vez potente y poderosamente expresivas, se entrelazaron por momentos como si fueran un solo violín. Más que establecer un diálogo, la orquesta de cuerdas actúa como un paisaje susurrante, que afecta las líneas del dúo, a veces con mayor densidad y otras con breves impulsos, como moléculas que cambian el impulso del movimiento.

La intermitente intervención del sintetizador aportó un precioso efecto de extrañamiento, un sonido sintético como una breve irrupción de lo real.

La sutil metamorfosis que propone Kancheli, a modo de procesión, tuvo un desarrollo fantástico bajo la dirección de Sylvain Gasançon, que logró darle a la pieza de 25 minutos la continuidad de un solo trazo.

La cuarta función del Festival Argerich, en el Teatro. Elciclo termina a fun de mes. Foto: PRENSA TEATRO COLON / ARNALDO COLOMBAROLI

La cuarta función del Festival Argerich, en el Teatro. Elciclo termina a fun de mes. Foto: PRENSA TEATRO COLON / ARNALDO COLOMBAROLI

La sombría y conmovedora Metamorfosis, obra tardía de Richard Strauss para 23 cuerdas, se escuchó a continuación en una versión de cámara. Es probable que la reducción no hubiese afectado la densidad expresiva de la obra si la retórica de la música se hubiese escuchado con claridad de principio a fin. No fue el caso.

Pero, en la totalidad, la marcha hacia la transfiguración final funcionó bien. Después de todo lo que se había escuchado, la segunda parte del concierto tuvo el tono de una resurrección.

La afirmación vital de Argerich en el Concierto nº1 para piano y trompeta de Shostakovich dejó sin aliento a la audiencia. En la obra, la inmediatez de la vida se expresa a través de los abundantes gestos vitales, el humor, la ironía, lo irreverente, y Argerich los proyectó con la fuerza de su existencia.

Con su virtuosismo chispeante resaltó todo el humor irónico del primer y último movimiento. El impulso rítmico avanzó con la fuerza de un proyectil y una espontaneidad desarmante. Y también se escucharon las sutilezas más exquisitas en el enunciado de la sinuosa línea melódica del segundo movimiento o en el extenso pasaje de piano solo, especie de interludio hacia el bombástico cuarto movimiento.

Argerich cerró el enérgico y alegre movimiento en el paroxismo de lo vital, se la veía divertida tocando la parodia del Rondo a Capriccio Op. 129, de Beethoven, incluida por Shostakovich justo antes del final, también conocida como “Rabia por un centavo perdido”.

El piano, en particular en el último movimiento, se escuchó más solo que acompañado. La orquesta (se mantuvo reducida) sonó tímida y acompañó de manera intermitente el impulso arrollador de la obra. En movimiento lento se escuchó mejor. La disposición de la orquesta en el proscenio (la actual puesta de la ópera de Stravinski ocupa el escenario), con el piano bien adelante, tal vez no facilitó la integración.

El trompetista Sergei Nakariakov, en cambio, fue un extraordinario partenaire. La vuelta del precioso tema principal en el movimiento lento con la trompeta asordinada fue inolvidable.

Después de haberlo dado todo, Argerich agradeció las ovaciones tocando nuevamente el último movimiento del Concierto. Ante las insistentes ovaciones, volvió con el trompetista Nakariakov y tocaron las Piezas de Fantasía Op.73 de Schumann. Algo sucedió al inicio con la vuelta de páginas de la partitura de Schumann que la obligaron a parar y decir con toda espontaneidad “Algo está mal”.

Luego de los aplausos, la pieza volvió a comenzar y fue el broche de una noche totalmente excepcional.

Ficha

Festival Argerich

Concierto 4 Twilight, Giya Kancheli Metamorfosis, Richard Strauss Concierto Nº1 para piano y trompeta, Dmitri Shostakovich

 Función 22 de julio en el Teatro Colón.

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