El legado de Elsa: la mujer que le dedicó su vida al cielo y le regaló un planetario a la Patagonia

Cuando todavía regían restricciones para el movimiento libre debido a la pandemia, un equipo de Clarín tuvo la posibilidad de explorar el Parque Nacional Patagonia, en el noroeste de Santa Cruz. Allí se encuentra la Cueva de las Manos, el Cañadón del Río Pinturas y la inexplicable Meseta del Lago Buenos Aires, un trapecio sempiterno…

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Cuando todavía regían restricciones para el movimiento libre debido a la pandemia, un equipo de Clarín tuvo la posibilidad de explorar el Parque Nacional Patagonia, en el noroeste de Santa Cruz. Allí se encuentra la Cueva de las Manos, el Cañadón del Río Pinturas y la inexplicable Meseta del Lago Buenos Aires, un trapecio sempiterno que cobija especies en extinción y tesoros geológicos diversos. Son las mismas rutas del Perito Moreno y de los curas salesianos que diseñaron los mapas de la geografía definitiva del sur. Pero se trata de sitios poco transitados en donde todavía suceden aventuras inesperadas.

A Elsa Rosenvasser Feher ese punto del mapa la fascinaba. Murió hace pocas semanas, a los 89 años, en California. Pero dejó un proyecto inmenso en ese mismo sitio, que alumbrará la tierra incógnita en la Semana Santa de 2023. Un legado para la Patagonia y por lo tanto para todo viajero y amante de la naturaleza que se precie. Un planetario. Ni más ni menos: se puede construir una casa; se puede donar una propiedad; se puede legar un dinero. Pero pocos seres humanos poseen en vida la visión altruista para edificar y donar un planetario. Elsa la tuvo.

Así se verá en 2023 el planetario que construyen en el Parque Nacional Patagonia.

Mucho antes de eso, fue una renombrada científica. Se especializó en la divulgación y desarrolló su carrera en Estados Unidos, donde dirigió el centro interactivo de ciencias Reuben Fleet en San Diego. Dedicó su vida a la enseñanza y al desarrollo de muestras interactivas y contenido para museos de ciencias y escribió un libro de “astronomía a simple vista” para niños llamado Cielito Lindo.  Su padre lideró en los años 60 una expedición arqueológica argentina al Antiguo Egipto y trajo piezas que se exhiben en el Museo de Historia Natural de La Plata. Elsa, además, se casó con un importante físico de la NASA llamado George Feher.

Cerrar la vida y que la vida te cierre

Cerrar la vida y que la vida te cierre. Elsa Rosenvasser Feher en TEDxRiodelaPlata

“En la vida, cuando hay un momento crítico, uno mira para adelante y mira para atrás. Para adelante, ¿qué se me viene encima? ¿cómo lo voy a afrontar? Y para atrás, ¿cómo viví hasta ahora? Y, ¿en qué forma me ayuda esto a vivir mi futuro? Mi momento crítico es ahora”, contó durante una charla TED, meses después de la muerte de su marido.

“Estábamos los dos sobre un trampolín. Al quedarme yo sola me quedé sin el impulso, sin el envión, sin la vibración síncrona que nos disparaba al mundo de proyectos y de aventuras”, dijo. Desde entonces, comenzó a trabajar la idea, ya no de iniciar proyectos, sino, como decía, de cerrarlos.

Lo decía así: “Al mirar el conjunto de mi vida, me di cuenta de que si rasco un poquito por acá me aparece un proyecto. Rasco un poco por acá y aparece otro proyecto. A lo mejor grande, a lo mejor chico. Pero algo que se abrió, floreció y se cerró. Tengo esta imagen de mi vida como un árbol que del tronco va largando ramas, ramitas, agujas… y va creciendo. Se abre, se cierra con la copa y queda una estructura armoniosa. O sea que el pino es un gran proyecto que está hecho de un sinfín de pequeños proyectos. Se abren pero se tienen que cerrarse.. Esto quiere decir que en mi vida octogenaria ya no es hora de ir abriendo proyectos nuevos sino de ir cerrando los que todavía están abiertos. Visto así, es algo liberador”.

Su historia

Si su historia tiene un punto de partida, posiblemente sea el año 1957. En octubre de ese año, desde la terraza de su casa en Nueva York, vio pasar una y otra vez por el cielo la nave Sputnik. Era el primer satélite artificial que habían largado al espacio los rusos. Daba la vuelta a la Tierra cada 90 minutos.

Elsa acababa de llegar a Estados Unidos como flamante Licenciada en Física de la UBA, para estudiar en la Universidad de Columbia. Quien sería su marido ya trabajaba desarrollando un amplificador cuántico que iba a ir montado en el primer satélite norteamericano. Ese satélite se lanzó en enero, pero ya los rusos habían ganado la carrera al espacio tres meses antes con Sputnik. Sputnik desencadenó un verdadero vendaval en los EE.UU. ¿Qué pasaba con la ciencia en los EE.UU. si los rusos tenían la ventaja en el espacio?

Rápidamente se aprobaron fondos en el Congreso y se convocó a las mejores mentes del país para que efectuaran una reforma radical en la enseñanza de la ciencia. La propuesta era mejorar la educación en ciencia de los jóvenes y así sacarle ventaja a los rusos. Fue un proyecto del país entero que duró una decena de años. Ese es el momento que a Elsa le tocó vivir. “Marcó mi carrera profesional. La enseñanza tradicional presentaba a la ciencia como una serie de leyes -por ejemplo, las leyes de Newton- que nos habían sido entregadas como Dios le entregó las Tablas de la Ley a Moisés. Los proyectos post-Sputnik buscaban presentar la ciencia como un proceso semejante al que sigue un científico que va investigando y descubriendo cosas”, recordaba.

La idea era que los alumnos emprendieran pequeños proyectos científicos formulando preguntas, buscando explicaciones, formulando hipótesis, confirmándolas o no. “Por ejemplo, tengo un puñado de bicarbonato. Le agrego un poco de vinagre y salen burbujas. ¿Qué son las burbujas? ¿Puedo apresarlas? ¿Y si las apreso en un recipiente y le acerco un fósforo encendido? La llama, ¿se aviva, se apaga, queda igual?”, explicaba Feher.

Fue partícipe de una revolución educativa. Los materiales, la filosofía, los resultados de las investigaciones, todo eso subsiste en el trabajo actual de científicos jóvenes. Pasado un tiempo resultó claro que la ola que se había desencadenado con la reforma en la educación en la ciencia se salía del aula y llegaba a otras orillas. A zoológicos, campamentos, museos. Elsa llegó a crear su primer museo interactivo en los años 80 en California. Esa experiencia, más adelante, se convirtió en su especialidad: generar experiencias de aprendizaje. 

El legado

El legado de Elsa es un Centro de Interpretación y Planetario de casi 800 metros cuadrados inmerso en la estepa del Parque Patagonia (Santa Cruz), que recorre temas de astronomía, geología y que invita a descubrir la vida silvestre local. Si bien vivió en Estados Unidos una parte importante de su vida, volvía siempre a Argentina, el lugar donde se sentía arraigada, y visitó la Patagonia en repetidas ocasiones con sus hijas.

El planetario en pleno desarrollo.

Especialmente fascinada por los cielos de la Patagonia, Elsa decidió donar los fondos para construir ese gran Centro de Interpretación en el noroeste de Santa Cruz. Siempre dedicada, generosa, creativa y rigurosa, pasó los últimos tiempos de su vida estudiando diversos aspectos de la región e intercambiando saberes con el equipo local de Rewilding Argentina (la fundación que lleva adelante el proyecto) para contribuir con su conocimiento y su visión en la elaboración de los contenidos.

Ubicado en el Portal Cañadón Pinturas, sobre la Ruta Nacional 40, el Centro repasará en una original e interactiva muestra permanente la formación geológica de la región desde el Big Bang, la evolución de sus especies, la crisis de biodiversidad y el rewilding como estrategia para restaurar los ecosistemas de la estepa.

El edificio, que incluye un recorrido que finaliza en un planetario donde se hacen proyecciones para interpretar el cielo, fue diseñado para integrarse al paisaje y construido bajo los mayores estándares ecológicos de la actualidad.

Pero quizás lo más trascendental de este lugar se resume en una frase simple y potente: conocer para proteger. Ese será el verdadero legado de Elsa. Impulsado por esta frase de su autoría, que lo resume todo: “Si los proyectos no se cierran, las ideas se pierden. Los cerramos para darles la forma necesaria para que sobrevivan. No para enterrarlos y olvidarlos. Volviendo a la imagen del pino, a mí lo que realmente me importa es mi vida, mi pino. Que sea una estructura armoniosa y coherente. Poder decir, cierro mi vida y mi vida me cierra. Cerrar una vida y terminar con una vida “que cierra” es mucho trabajo. Pero es un trabajo que vale la pena porque da sentido al diario vivir”