La nueva historia de Marcelo Birmajer: La desconocida

Era una de esa terminales de micro donde no parecía posible que algún micro fuera a llegar alguna vez, mucho menos partir. Geno había ocupado una mesa, en medio de un bar desierto, y no asomaban mozos ni encargados. Hasta el mostrador permanecía vacante.En la vitrina del kiosko, adyacente al bar, se achicharraban golosinas de…

la-nueva-historia-de-marcelo-birmajer:-la-desconocida

Era una de esa terminales de micro donde no parecía posible que algún micro fuera a llegar alguna vez, mucho menos partir. Geno había ocupado una mesa, en medio de un bar desierto, y no asomaban mozos ni encargados. Hasta el mostrador permanecía vacante.

En la vitrina del kiosko, adyacente al bar, se achicharraban golosinas de temporadas pasadas, los chocolates derretidos, los caramelos mustios. Las moscas dominaban el lugar, como en las postrimerías de una guerra silenciosa.

Geno se marchaba al punto más lejano al que se pudiera llegar en micro. Atrás quedaba un trabajo estancado, un amor infructuoso, un destino previsible. Pero para eso haría falta la irrupción de un micro.

El reloj del bar, el único de la estación, encima del mostrador, sobre una pared ocre y acre, exhibía como con orgullo sus agujas inmóviles. Geno tampoco llevaba un reloj consigo. Había llegado a esa localidad en el tren nocturno, y cruzado la calle que lo separaba de la terminal de ómnibus.

La última vez que le habían dicho la hora, el guardián del tren, eran las 3 de la mañana. Sabía que su micro salía a las 6. Pero era todo lo que sabía. Ignoraba por completo el tiempo actual.

Repentinamente, tras el mostrador, surgió una mujer hermosa, de edad incalculable. Aunque la temperatura en aquel bar miserable atentaba contra la razón -una humedad fría a la vez que un calor irritante-, el movimiento femenino alteró la percepción del cuerpo de Geno. La mujer usaba un vestido suelto y cuando comenzó a fregar la fórmica sus relieves alegraron el aire.

– ¿Qué se va a servir? -lo inquirió ella.

– Un café -replicó Geno.

El ambiente hasta entonces post apocalíptico, mutó a una suerte de vida recién descubierta. El hombre y la mujer, incluso en aquel espacio imposible, apostaban nuevamente sin buscarlo: en un juego de reglas desconocidas y resultado incierto, pero fatal.

Geno intuía que si la encargada, a la que acababa de pedirle un café, aplicaba correctamente su mohín femenino, una palabra, un beso, podía quedar perfectamente varado hasta la vejez en aquel rincón perdido de la mano de Dios. Era sólo cuestión de que ella no se aferrara, por el motivo que fuera, a su posibilidad como hombre.

– ¿Sabe si viene el micro de las seis? -intentó Geno-. Realmente quería alguna pista.

La mujer, no estuvo seguro, se encogió de hombros. Y prendió la radio. Luego de una publicidad de jugo de piña -insólita-, anuncios del clima y saludos a la audiencia (no dieron la hora), arrancó un radioteatro: La desconocida.

Como la insospechada dinámica que la mujer le había impreso a aquel sitio muerto, el radioteatro capturó la atención de Geno. Un muchacho oscilaba del pueblo a la ciudad, y allí debía decidir entre un amor y su vocación, si continuar como auxiliar del forense, su maestro; o hacerse policía.

Su amada, una empleada de la Fundación, lo quería policía. Debían contribuir a un país feliz, según ella. La disyuntiva del joven resultaba apasionante para Geno como oyente. Minuto a minuto la ficción había cooptado progresivamente sus sentidos. ¿Qué decidiría Ezequiel? Pero entonces, justo en el punto de inflexión, arribó un micro sin cartel. ¿Y si era el de las seis?.

– ¿Sabe si es el de las seis? -le preguntó a la mujer.

Ella nuevamente se encogió de hombros, pero esta vez sonrió.

– ¿Podría por favor escuchar esta parte? -le pidió Geno a la mujer, refiriéndose al radioteatro-. Por favor escuche qué responde Ezequiel. Voy a preguntar al chofer y vuelvo.

El chofer le informó con desgano que ese micro no era el de las seis. Geno regresó a su mesa casi corriendo. Su bolso permanecía indemne sobre la silla, el café frío, Ezequiel ya había dicho lo suyo. La mujer no estaba. Una angustia como de niño invadió el pecho de Geno: sintió unas patéticas ganas de llorar, que lo avergonzaron como si perdiera su identidad.

¿Qué le habrán hecho mis manos?, musitó el tango de Expósito, qué le habrán hecho, para dejarme en el pecho, tanto dolor. Pero no era la historia de la humanidad: sólo de los hombres débiles como él o como Ezequiel. Bebió su resto de café, robó una medialuna, y dejó el dinero suficiente sobre la mesa.

El chofer del micro de las seis, descendió y voceó su recorrido en la terminal vacía. Geno abordó, ansioso por conocer esa muesca de la trama del radioteatro y el destino final de la mujer. ¿Dónde habría ido? ¿Habría escuchado la resolución de Ezequiel?

Ya en viaje, intentó deducir la elección de Ezequiel. En la radio del micro, los anunciantes despedían el capítulo de la fecha, el último. Geno le preguntó al chofer si sabía el final, el hombre dijo que no. Con esa negativa se durmió.

En una de las paradas, muchas horas después, bajó para comprar algo de comer. El micro se fue sin él: con su bolso y sus documentos. Tras unos momentos de desesperación, descubrió que podía comenzar realmente de nuevo. Ser otro. Resultó inesperadamente fácil conseguir una nueva identidad.

Primero fue empleado de una ferretería. Luego bicicletero. Más tarde novió con la copropietaria de un restaurante. Y finalmente fue el dueño del restaurante. Lo convirtió en el sitio más relevante de esa localidad fantasma. Allí paraban viajantes, comerciantes no muy claros y los elencos que visitaban otros pueblos; también amantes en fuga.

Geno nunca olvidó el radioteatro ni a la mujer del mostrador. Ella sabía la verdad. Cómo se había desenvuelto ese episodio de la vida inventada de Ezequiel. En esa opción había una solución al enigma de su propia vida, una pista, un mensaje encriptado y definitivo.

Los milagros a menudo se ocultan en situaciones intrascendentes: una noche el autor del radioteatro, Víctor Aldún, entró junto a una troupe de actores al restaurant de Geno, El Vigía. Alguien dijo su nombre, el de Aldún, cuando ya el guionista estaba totalmente borracho. De no haber aclarado una escenógrafa que era el creador de La desconocida, probablemente Geno no se hubiera enterado.

Aplacó su efusividad, para no quedar como un loco ni espantarlo, y le preguntó, con la mayor circunspección qué pudo, cuál había sido el fallo de Ezequiel.

– No tengo la más puta idea, pibe -respondió Aldún, aunque Geno ya era sobradamente un señor-. Creo que esa parte la escribió… (y farfulló un nombre, uno de sus novios de entonces).

Habían pasado treinta años cuando Geno regresó, tan aleatoriamente como la primera vez, a aquel bar desolado en la estación del micro de las seis, de la mujer silenciosa y evanescente tras el mostrador, y el radioteatro trunco. Ella estaba allí y era una anciana. La terminal había recuperado un ritmo normal, las golosinas eran contemporáneas y la máquina de café exhalaba un aroma permisible.

– Toda la vida esperé que regresaras -dijo ella-. Me equivoqué.

Hubiera sido todo tan…

– ¿Escuchaste lo de Ezequiel?- preguntó él, como si se conocieran de toda la vida y aquella tarde fuera aquella madrugada, noche o lo que hubiera sido.

Ella hizo que no con la cabeza.

– Conocí al guionista, incluso -reveló la mujer, como si en esa declaración hablara de toda una prosapia de amores, consistentes únicamente en no entregarse a Geno-. Pero no me supo decir.

Geno sonrió tristemente. El próximo micro, con cartel y puntualmente, salía a las seis.

WD

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA