Viaje a la intimidad de las “botineras”: el lado B de las mujeres de los futbolistas

Cuando uno se remite a -o habla de- la pareja de un jugador de fútbol, es muy común escuchar o leer el término “botinera”; está completamente instalado. Pero basta con una rápida búsqueda en Google para encontrar definiciones sensacionalistas de la palabra. Dos ejemplos: “Mujeres atractivas, que cultivan su físico y looks, cuyo principal objetivo es…

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Cuando uno se remite a -o habla de- la pareja de un jugador de fútbol, es muy común escuchar o leer el término “botinera”; está completamente instalado. Pero basta con una rápida búsqueda en Google para encontrar definiciones sensacionalistas de la palabra. Dos ejemplos: “Mujeres atractivas, que cultivan su físico y looks, cuyo principal objetivo es casarse con alguien de fama y dinero, para salir de compras y tener una forma de vida relajada”; “las musas que ayudan o entorpecen la carrera del futbolista”.

La palabra “botinera” implica una etiqueta difícil de remover. Muchos hablan de ellas como si estuvieran casadas o de novias con el jugador únicamente por su trabajo o por su dinero. Pero eso no es todo: además se les menosprecia la inteligencia, se socavan sus carreras. En la mayoría de los casos, sólo se les halaga su belleza. Incluso, no son pocas las mismas mujeres que colaboran con el encasillamiento.

En pleno siglo XXI, vendría siendo hora de desmitificar estas figuras, y quién mejor que las protagonistas para hacerlo.

Wanda Nara, considerada como “la reina de las botineras” por su modo de vida y por lo que elige compartir en redes sociales -que no siempre es lo que las personas sienten o viven-, tiene una definición un poco diferente para esta palabra devenida en construcción social.

“La verdadera mujer de un jugador es aquella que por amor deja a sus seres queridos, arma sus valijas y se va, sin saber a dónde ni hasta cuándo. Si para muchos es fácil, qué poco saben. Un bolso de más no se compara con un abrazo de mamá o un beso de papá”, expresó en su cuenta de Instagram allá por 2016, intentando mostrar con unas pocas palabras cómo esta idea o construcción creada por la sociedad es alejada de la realidad.

Además de lo que expresa Nara, la mujer del futbolista se acostumbra a vivir en un estado de alarma permanente. Un día está en un lugar; al otro, debe mudarse a otro. Colaboran con la alimentación de su pareja, acompañan en las lesiones, extrañan en la concentración, son el verdadero apoyo en las malas.

Para conocer un poco más la vida real de las mujeres de los futbolistas, entender su cotidianeidad y bucear por el “lado B” de la vida de las “botineras”, Clarín conversó con Tamara Alves, la esposa de Patricio Toranzo y Carla Cioma, la mujer de Leandro González.

El día a día de un futbolista puede no ser lo más fácil para acompañar, y esa tarea se incrementa cuando se forma una familia con hijos. Ellas lo saben. La mujer de Toranzo es mamá de la pequeña Giuliana (de 6 años) y la de Leandro, de Isabella (8).

“En el día a día una siempre tenés que estar atenta a muchas cosas. El deportista se cuida mucho, entonces tratamos de mantener una rutina de horarios para dormir, para levantarnos; el buen descanso es muy importante. Cuidamos la alimentación para que sea sano. Además, claro, de la crianza de nuestros hijos”, explica Tamara.

Carla concuerda: “En mi caso es muy marcado el tema de los horarios, que es lo que más me complica. Ellos tienen horarios determinados pero un día pueden entrenar a la mañana, a la tarde o doble turno, y eso me complica para organizarme, sobre todo con mi hija”.

En términos del cuidado en ciertos aspectos, como la alimentación, se trata de una de las claves para acompañar el rendimiento en los entrenamientos y por lo tanto dentro del campo de juego. Y eso conlleva su esfuerzo.

Si para la cotidianeidad de todos es difícil pensar en qué cocinar (¿en qué casa no se pregunta, a veces sin respuesta, “¿qué vamos a comer”?), preparar múltiples comidas en cada almuerzo o cena lo dificulta aun más.

“En casa yo me encargo de cocinar y normalmente no hago la misma comida para todos. Trato de que mis hijos también coman sano, pero ellos necesitan alimentarse de otra manera, por eso es que la mayoría de las veces preparo dos tipos de comida: una para los chicos y otra para Pato, con la que yo lo acompaño”, cuenta Alves, mientras que Cioma admite que ella, muchas veces, llega a preparar hasta tres platos distintos: uno para Leandro, otro para ella y otro para su hija. Una realidad colmada por distintos factores a los que atender.

No sólo lo físico influye en el día a día del futbolista: la pata psicológica es una de las más importantes en la vida de un deportista y la mujer cumple un rol clave en el apoyo hacia el jugador, sobre todo en momentos difíciles, entre los que remarcan las lesiones, una transferencia poco deseada o, peor aun, la temida carta de libertad de acción.

“La incertidumbre del cambio de club complica el ambiente de la casa. Hay un ambiente de tensión por no saber que va a pasar mañana. Para el cambio así como viene, todo junto, no te prepara nadie. En las adversidades del fútbol es fundamental el apoyo de la mujer”, asegura Carla, la esposa de González, quién recientemente quedó libre de Quilmes y está a la espera de una nueva oportunidad, analizando posibilidades constantemente.

El cambio de club trae aparejadas cuestiones muy importantes que no sólo afectan al jugador, sino -especialmente- a su esposa e hijos. En el mejor de los casos, seguirán jugando en el mismo país, pero el pasaporte debe estar siempre listo, lo que puede conllevar un cambio brusco de cultura, idioma, clima. Y el jugador, en última instancia, sigue hablando el mismo idioma: el de la pelota. A la familia le cambia todo.

Afrontar un pase es uno de los momentos más complicados para la familia del jugador.

-¿Qué fue lo más difícil y lo más lindo que vivieron estando en otro país o en otra provincia?

Tamara Alves: -Uno de los destinos más lejanos a los que me tocó acompañar a Pato fue a China. Como todavía no teníamos a Giuli, eso lo hizo más fácil. Lo más lindo de todo fue poder conocer otros lugares y otras culturas, pero en lo personal se me hizo muy difícil el idioma, ya que los que hablan inglés lo hacen de forma muy cerrada, y el tema de la comida también fue una complicación. Por suerte encontré un lugar que vendía comida internacional; al final, solamente compraba ahí.

Carla Cioma: -Lo más difícil que tuve que atravesar en la distancia fue tener que estar sola con mi bebé recién nacida. Fui a Bahía Blanca, porque Leandro estaba ahí, y teníamos a Isabella con sólo un mes. De te encontrás sola, con la bebé, sin saber bien qué pasa, queriendo estar con tu mamá como por lo general pueden hacer la mayoría de las chicas.

La mujer de González apela a otra anécdota que marca los vaivenes del impiadoso reloj: “A los ocho meses de Isabella ya estábamos en otro lado: San Juan. Un día me empezó a levantar fiebre y yo estaba sola con ella, porque Leandro al otro día jugaba; ah, de yapa era el Día de la Madre. Tuve que ir de urgencia sola a un hospital y él recién se enteró al otro día, porque estaba concentrado y no quería preocuparlo”.

Familia González: Leandro, Carla e Isabella.

La soledad, en ocasiones difícil de afrontar cuando se forma parte de una familia, en estos casos es algo cotidiano a lo que nunca se termina de acostumbrar cuando ocurren determinadas situaciones.

“La mujer del jugador debe ser, desde un inicio, muy consciente sobre lo inestable que es el lugar donde vivís. Uno tiene que estar con la valija hecha en la puerta, ya que puede estar mañana en otra ciudad o país. Y por ahí no te gusta, pero una intenta apoyar lo que es mejor para su compañero”, comenta Tamara.

En ese contexto, los embarazos, uno de los momentos más especiales en la vida familiar, vienen acompañados de grandes incertidumbres: una de las mayores para las esposas de los futbolistas es pensar si van a tener que afrontar el parto solas o transitarlo con las emociones a flor de piel sin su compañero de vida.

“Por suerte, ocho meses del embarazo los pasamos juntos, viviendo en el mismo lugar. Cuando me faltaba un mes para que naciera Isabella, él se tuvo que ir a Bahía Blanca, a Olimpo, y yo estuve un mes sola. ¡Cuando me dijeron que iba a nacer la bebé lo llame y obviamente no me atendió porque estaba entrenando! Pero apenas se enteró se vino volando y llegó en 5 horas de Bahía a La Plata. Lo más loco fue que Isa no nació a la hora que debía y apenas llegó Leandro y pudo entrar, nació a los cinco minutos”, recuerda emocionada Carla la llegada de su hijita.

Los viajes, como líneas más arriba expresaron ambas, tienen sus cosas positivas, pero cuando una persona es joven, planea su futuro y encuentra su vocación, es muchas veces díficil tener que abandonarla. Para ellas, en esa dicotomía del amor y la vocación, lo primero prevalece.

“Yo soy abogada. Siempre digo que agradezco haberlo conocido casi recibida porque, si no, tal vez no podría haber terminado la carrera. Por un tiempo pude combinar trabajar y viajar. Hasta que nos tuvimos que ir a Tucumán, cuando mi hija tenía 2 años, se empezó a hacer más difícil y tuve que dejarlo. Obviamente extrañaba, pero trataba de hacer cursos online, seguir estudiando mientras lo acompañaba”, reflexiona Carla en relación a su profesión.

Aunque actualmente, poco a poco, está empezando a volver a trabajar, entiende que la reinserción laboral a cierta edad es más compleja. De todos modos, el haber compartido tantos años y contratos hizo que hoy pueda acompañar a su marido en ese aspecto y el le dé lugar para aconsejarlo.

Tamara, por su parte, hace ya un par de años comenzó su carrera como representante habilitada por la FIFA.

Leandro González y Carla Cioma.

¿Cómo se organiza la casa, en tanto? Por el lado de Carla, desde que su hija empezó primer grado decidieron junto a Leandro que si él debía viajar a un nuevo club lejos de su casa, se iría solo y ellas lo visitarían. Así pasó cuando González se fue a jugar a Grecia. Más allá de “perderse” la chance de vivir en un lugar soñado, por el bienestar y la estabilidad de su hija vivieron un tiempo separados, hasta que el volvió a Argentina.

“Más allá de que pasaron muchos años y uno se va acostumbrando, me cuesta bastante el hecho de estar separados. Cada vez que le toca viajar o estar muchos días lejos es difícil, tanto para mí como para mis hijos. Más allá de eso, soy una persona muy independiente, tengo mi trabajo y mi fortaleza para afrontar cualquier tipo de situación y poder bancar las cosas sola. Es importante en la mujer del jugador, ya que es muy común que el futbolista no esté nunca“, admite Tamara Alves.

Tanto ella como Carla Cioma son ejemplos de cómo es en realidad la vida de las “botineras”, esa construcción social que se centra, muchas veces, en una imagen ficticia de lo que en realidad son: ni más ni menos que mujeres como cualquier otra, con sus dificultades, sus luchas y sus éxitos al lado de la persona que aman.

Patricio Toranzo y Tamara Alves. Foto: Instagram.

En las horas más oscuras

El 10 de febrero de 2016, luego de que Huracán jugara un partido de Copa Libertadores frente a Caracas, el micro con la delegación del Globo emprendió su vuelta al aeropuerto de la capital de Venezuela pero sufrió un gravísimo accidente que paralizó al mundo Quemero:  el ómnibus se quedó sin frenos y volcó en una rampa de emergencia de la autopista Caracas-La Guaira.

Uno de los futbolistas más afectados fue Patricio Toranzo, quien tuvo que ser trasladado de urgencia al hospital. “Fue muy triste, horrible. Una nunca está preparada para ese tipo de noticias”, admite Tamara.

Alves viaja en el tiempo hacia aquellas horas dramáticas que incluyeron el miedo real de creer que había pasado lo peor. “La esposa de un jugador compañero de Pato había venido a ver el partido a mi casa y como se hizo tarde se quedó a dormir. Yo me enteré del accidente porque su marido la llamo a ella, pero de Pato, al haber sido el primer trasladado, nadie sabía nada y no había forma de comunicarme”.

Eso no fue todo. “Ese transcurso de tiempo fue horrible y me fue inevitable no mirar la tele. Una de las primeras noticias que vi fue que especulaban que Pato había fallecido y eso para mí fue tremendo. Tardé 8 horas para escuchar su voz, y hasta no hablar con él no sabía qué creer porque todos decían cosas distintas”, rememora Alves el que fue uno de los peores momentos de su vida.

“Dios nos ayudó en todo esto para que tengamos la fortaleza de seguir adelante -afirma-. En el caso de Pato, es de público conocimiento que perdió tres dedos del pie izquierdo y es el único jugador del mundo que con su situación sigue jugando al fútbol. Es increíble, yo creo que es un premio de Dios; no le quedó nada, no es que usa un botín especial ni nada”.

Después del dolor y los miedos, fue hora de encarar un tramo del camino no menos complejo: la recuperación. “Fue un proceso de mucha paciencia, mucha fortaleza. Yo necesitaba estar bien para darle fuerza, para que pudiera recuperarse y seguir. No fueron momentos fáciles, por lo psicológico, porque pasó tres veces por el quirófano. Patricio no sabía si iba a poder volver a jugar al fútbol, fue muy difícil. Sin embargo, admiro mucho su fortaleza en todos los aspectos de su vida. Salió de la mano de las personas que lo amamos y queremos e incluso pudo hacerlo sin recurrir a la terapia”, analiza Alves, quien, como en cada paso de la carrera de su marido (que hoy está de nuevo en el club de sus amores y en el que es ídolo) y al igual que el resto de las “botineras” con sus parejas, juega un papel fundamental.

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